Nuestro personaje nació en la ciudad de León y vivió en el terruño natal su niñez y adolescencia entre las angustias de la guerra. Después de penosos avatares dio con su vida y su alma en la tierra de promisión catalana. Aquí echó nuevas raíces, creó una familia y forjó su andadura profesional y su futuro, aunque siempre conservó la retina saturada del románico, gótico y plateresco que decora su ciudad natal, con el toque modernista de Gaudí en la Casa de Botines. Actualmente Ciriaco ya está jubilado, pero sigue activo en sus aficiones artísticas, ahora y siempre como autodidacta.
Saturnino Martín de Lamadrid, renombrado pintor preciosista leonés, era tío de Ciriaco, y de él habría podido recibir provechosas lecciones de arte pictórico, a no ser porque aquella infausta época de guerra y de postguerra exigía a Ciriaco dedicar toda su atención y esfuerzo a satisfacer otras necesidades más perentorias para la subsistencia.
Después su profesión habitual nada tuvo que ver con las artes plásticas, pero los ocios de su vida han sido para él dos auténticas devociones: la pintura y la ebanistería. De ambas devociones ostenta su hogar espléndidos y abundantes exvotos. Una tercera devoción le tentaba el alma: la música; pero según confiesa, nunca consiguió entonar dos notas seguidas del pentagrama.
Sin declararse adscrito a ninguna tradición pictórica en concreto, ni a ninguno de los cien "ismos" que aún pululan por museos y salas de exposición, su pintura es marcadamente figurativa. Nuestro artista pinta lo que ve y tal como lo ve: pueblos, montañas, ríos, valles, caseríos, playas, puertos, embarcaderos, casi siempre inundados de luminosidad radiante y buenos contrastes de luces y sombras; si bien es verdad que en algunos temas deja destilar en los lienzos unas tímidas gotas de su romanticismo inconfeso, como por ejemplo hiedra para muros en ruinas, rosas para el amor, bosques de hayales en otoño, con sus frondas y hojarascas tostadas bajo celajes tristones y sombríos; incluso sus ferrocarriles a vapor, que ejecuta brillantemente, son como una lírica concesión afectiva a unos tiempos ya caducos que él recuerda muy bien.
Sabido es que el más arduo de nuestros problemas psicológicos es el modo de alcanzar nuestra libertad de espíritu. Sobre todo en la creación artística resulta difícil no dejarse influir por este o por aquel estilo, ya sea literario, pictórico, escultórico o musical. Ciriaco Diez –según declara– decidió ignorar toda influencia psicológica ajena y se aisló en su "ego" para dar rienda suelta a los pinceles con la única guía de sus ojos, aun a riesgo de resultar "inédito" de por vida.
Francesc Basco y el autor de estas líneas visitamos al artista autodidacta en su domicilio de Reus, donde nos recibe con gran cordialidad junto a su esposa Pilar. Desde la primera ojeada ya se echa de ver que aquella casa es un pequeño museo de cuyas paredes penden multitud de cuadros realizados por el anfitrión. En seguida nos introduce en una sala y allí, sobre una mesa de centro, comienza a desatar enormes carpetas repletas de pinturas sin enmarcar, para mostrarnos un copioso surtido de obras, tanto óleos como acuarelas, todas ellas primorosamente ejecutadas por él a través de los años, como lo acreditan las muestras que ilustran este comentario. Es una lástima que estas pinturas sean únicamente patrimonio de su desconocido autor, ya que todos los ciudadanos deberíamos poder admirarlas en galerías de arte.
Por motivos profesionales, Ciriaco ha viajado por toda Europa y toda la América Latina, y de todas partes ha regresado con sus papeles Canso y sus lienzos con la impronta de su arte en carpetas preñadas de cuadros. Ha pintado paisajes de América Latina, Francia, Mallorca, etc., sin olvidar los que ha realizado por puntos más cercanos, como Reus, Tarragona, Altafulla, Salou, Cambrils, La Ametlla de Mar, l'Ampolla, La Mussara, La Febró, Prades, Ciurana y el Delta del Ebro. De la zona portuguesa del Aveiro ha captado escenas de la pesca de xavega, en que unos bueyes de poderosa cuerna arrastran hasta la playa las redes cargadas de peces. Todo descansa ahora aletargado en aquellas piadosas carpetas que acogen celosamente las obras de este artista autodidacta. Los que le conocemos bien, hemos podido constatar la continua progresión artística de este pintor que, como el buen vino, ha mejorado con los años, y es precisamente en su obra de madurez donde alcanza unos resultados más notables.
Pero Ciriaco es un hombre de modestia desmedida, y fue acumulando en las dichosas carpetas todas esas obras porque no las juzgaba lo bastante buenas como para exhibirlas en público.
Francesc Basco y un servidor opinamos lo contrario y vamos a hacer lo posible para que pronto podamos admirar exposiciones de este artista en alguna sala de Tarragona y del entorno comarcal. El público que las contemple será en definitiva quien diga la última palabra sobre la obra de Ciriaco Diez.
César Pastor