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FRANCESC TORNÉ GAVALDÀ:
MAESTRO DEL PAISAJE Y EL COLOR

Técnica: Acuarela.
Estilo: Figurativo.
Ciudad: Tarragona.
Calle: Avgda. Roma, 18 - 6º - 3ª
Código postal: 43005
Teléfono: 977 221 460

"La acuarela que yo pinto es siempre una interpretación de la luz y el color que, en un determinado momento, envuelve un paisaje y que a mi me emociona por ser estéticamente bello".

F. Torné Gavaldà


TORNÉ GAVALDÀ: LA LUZ DE LA ACUARELA
Por Llorenç Jaume Grau

En la primavera de 1999 tuvo lugar en Tarragona, en el bello marco de su casa, la primera entrevista dedicada a reunir la memoria de la figura y obra de Torné Gavaldá. En el más recoleto de los escenarios, la vivencia que el pintor legaba se plasmaba con toda su señera intimidad. Junto a su esposa e hijos se mostraba, sustancialmente enriquecida, la personalidad del artista y del mundo en el que ha ido desenvolviendo su larga existencia. Se daba así un nuevo paso para recuperar la huella de un hombre con elevada sensibilidad creadora, en un tiempo todavía presente y que podría parecernos difuso por eso que suele llamarse falta de perspectiva histórica.

No se pretende en este estudio analizar paso a paso la progresión artística del artista. Es muy difícil penetrar en su universo creador.

Permítaseme revivir y re-elaborar algunos juicios que hice sobre Torné Gavaldá con motivo de la exposición en el Centre de Lectura de Reus (en buena parte monográfica), añadiendo comentarios que pueden contribuir a dilatar su imagen. Tomemos como punto de partida el ser humano que he tenido la fortuna de conocer y de tratar desde hace algún tiempo, siempre subrayado por una serena pero finísima vocación de pintor.

Parafraseando al poeta Antonio Machado, diríase que, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, es y ha sido en el buen sentido de la palabra, bueno. Bien sé que la consideración de los valores morales constituyen algo accesorio a la hora de comentar a un artista. Más como en el caso del poeta, creo indispensable fundir en el perfil que tracemos de él los rasgos éticos y estéticos. Estoy seguro que en los avatares de su existencia, pintar, eso que se llama pintar, ha acabado siendo algo indisoluble, fijado a su línea de conducta. Ha constituido, en suma, un imperioso impulso adentrado en las raíces de su ser.

ENSAYOS EN GRANDES FORMATOS

La vocación llevó a Torné Gavaldá a pintar con insistencia, prodigando los ensayos en grandes formatos, pero imprimiendo a esta tarea matices muy peculiares. Sus actividades profesionales (en otros lugares de esta publicación se recuerda su honestísima labor al servicio de la cultura, fue 22 años escenógrafo del Teatro Municipal de Asunción) le llevaron con modestia a no considerarse, en puridad, un gran maestro de la pintura. Recuérdese que, dentro de su trayectoria, tuvo que afrontar con mayor dignidad situaciones en extremo delicadas, antes, durante y después de nuestra guerra civil. Pero las circunstancias de su existencia le permitieron también vivir con diplomáticos, estadistas, escritores, artistas famosos, amigos y conocidos suyos que jugaron un papel trascendental en su próximo pasado cultural.

Por cuanto llevamos dicho se comprende que Torné Gavaldá ocupa un puesto peculiar, como testigo y actor de varias etapas de nuestra historia reciente, sobre todo de una concreta parte de Hispanoamérica. Pero me atrevería a decir que su actividad artística acabó inscribiéndose en un ocio, entendiendo este término en el más noble sentido de la palabra.

"La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos..." como decía el poeta León Felipe recordando a Shakespeare.

Y tacto fino es el que cabe descubrir en numerosos cuadros de Torné Gavaldá. Nuestro acuarelista se ha sentido profundamente sensibilizado ante un quehacer, a la vez trivial y trascendente, como es el convertir la paleta con ayuda de agua, colores y pinceles en campo de experiencias que acaban cobrando vida en el cuadro.

LAS VANGUARDIAS NO LE HAN SEDUCIDO

Trabajando al aire libre o en su estudio con dominio de la técnica ha sabido expresar una visión gozosa, luminosa, de cuanto le rodea o rodeaba. Con honradez que hemos de agradecer y enaltecer, evitó enrolarse en aventuras pictóricas que más de una vez, contempló con respeto e interés y perplejidad. Las vanguardias de su tiempo no le han seducido. Alguna vez consciente de ímpetu renovador que subyacía en ellas abrieron brechas decisivas en el modo de entender un cuadro. Pero fue clara su querencia hacia otras vanguardias anteriores, que a fines del siglo pasado prolongaron las del nuestro.

Con esto queda dicho que no pretendió en sus cuadros innovaciones revolucionarias.

Permítaseme mencionar una frase que sobre el paisaje en pintura escribió Chateaubriand, pues creo que no está de más mencionar aquí: "... el pintor que representa la naturaleza debe ocuparse del estudio de las pasiones: si no se conoce el corazón del hombre se conoce mal su paisaje. El paisaje tiene su parte moral e intelectual como el retrato, es preciso que también hable y que a través de la ejecución material se manifiesten los sentimientos que hacen nacer los diferentes lugares. La perspectiva aérea tiene una dificultad prodigiosa pero también hay que saber colocar la perspectiva lineal en los distintos planos de la tierra y destacar las partes huidizas como por ejemplo de las nubes tan distintas en diversas horas del día. La misma noche tiene sus colores. No es suficiente hacer una luna pálida para hacerla bella..."

Así pues, el atractivo de la obra que presentamos radica en su capacidad de transmitirnos plenamente decantado e incluso actualizado un lenguaje artístico basado en la exaltación del color y de la luz para ofrecernos una esencia. Hay pues en ella nostálgicas reminiscencias de metas incluso logradas hace poco más de cien años con la incorporación de tonos claros y disociados de formas evanescentes que evocan luces y efectos atmosféricos en constante cambio. Hay también el inequívoco recuerdo de la lección permanente de los grandes maestros con los que Torné Gavaldá compartió su primer estudio en Reus (Tarragona), Pedro Calderó y Ceferino Olivé.

Ocurre que, al acercarnos al copioso legado de cuadros de Torné Gavaldá, descubrirnos que el género pictórico que ha cultivado y sigue cultivando con predilección es y ha sido el paisaje. Le ha atraído de manera irresistible, como acabamos de mencionar, el espectáculo de la naturaleza en continua mutación, con sus luces y colores, con sus infinitas posibilidades expresivas. En este sentido, se sitúa en la línea de ciertos impresionistas franceses con Monet a la cabeza, pero apurando también las enseñanzas de grandes maestros españoles que se sintieron seducidos por aquella aventura de la Escuela de París".

Al intentar repasar algunas de las acuarelas de Torné Gavaldá, resulta gratificante contemplar las diversas versiones de un mismo paisaje, especialmente del Paraguay, acentuando unas sombras o destacando unos reflejos para conseguir valorar unos determinados espacios o asistir al proceso de fijación de tal o cual matiz. Todo ello nos induce a evocar un cierto paralelismo de cuando Paul Gauguin se sintió cautivado e intensamente inspirado por la realidad paisajística de Tahití. Por ello no sabría decir si el afán de re-elaborar un tema ha sido el fruto de una voluntad de perfección o del goce en descubrir calidades nuevas disociando o fundiendo tonos.

En las aguadas de Torné Gavaldá no encontramos escenarios petrificados sin atmósfera. Los paisajes peruanos, argentinos con horizontes próximos o lejanos, plasman la vivencia sensible de un instante atrapado con sus pinceles.

Creemos oportuno evocar aquí un conjunto de obras que nos han impresionado especialmente, se trata por ejemplo las pintadas en Guanajuato, en México. Realizadas, casi sin excepción, con pincelada suelta y ágil, ofrecen tal vez un denominador común en lo que concierne a la luminosidad.

El pintor se muestra rutilante en el Paraguay y Argentina, con sus geométricos volúmenes coronando una sinfonía de colores sienas, verdes y azules.

Una luz sorda emerge del horizonte teñido de melancólicos tonos crepusculares. Hay que mencionar que le atrajeron también los paisajes de León, captados con sus ( restas nevadas, afrontando con valentía el impacto de los blancos que resaltan los planos más lejanos del cuadro y encuentran vigoroso contrapunto a primer término. También importa destacar en estos paisajes la decisión mostrada a la hora de plasmar, con toda su potencia cromática, los campos de flores convertidos en gozosa fiesta donde se yuxtaponen los colores más diversos. Véanse las pinceladas cárdenas que casi con ímpetu se imponen con otras verdes y violáceas, ocres, azules y celestes, marcándose en el horizonte la silueta de arboledas. Como no citar aquella vibrante y rotunda presencia de un pueblo coronado por un campanario con, por ejemplo, palmeras a un lado. 0 aquella otra exaltación de las tierras del sur de Argentina (Bariloche), húmeda con el agua cercada por árboles, prados y casas que descienden hacia las orillas como un todo paradigma de lo pintoresco.

Así podríamos seguir acompañando al pintor en su peregrinar por tantas tierras de América, dando permanencia, si se permite la paradoja, a luces efímeras.

También una vertiente importante quedó plasmada en sus paisajes urbanos, empezando por los de Madrid, Asunción, Nueva York fueron protagonistas en cuadros que se exhibieron en las múltiples exposiciones y en otras, aparte de la mencionada al principio. No es de extrañar que la silueta vibrante de una torre, pudiera marcar una pauta, horadando a veces el cielo recortándose nítidamente su silueta en el fondo azul, destacando sobre nubes blancas salpicadas de luz o fundiéndose en un gris plomizo. Las vistas de plazuelas o calles remansadas en el tiempo consiente evocar los encuentros de Torné Gavaldá con los paisajes que tanto y tanto ha amado y sigue amando.

Finalmente vale la pena subrayar la capacidad de Torné Gavaldá para captar mundos dispares. Sobre todo para plasmar la lírica presencia del tiempo americano, para exaltar la belleza de iglesias y monasterios antiguos con sus pórticos y campanarios o para asomarse y eternizar pictóricamente tantos y tantos otros bellos ambientes.

Llorenç Jaume Grau
París, 9 de junio de 1999
(Del libro "La acuarela de Torné Gavaldà)

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